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…Y volar

BITACORA VALENCIA III 15 2019
(Barquerito)

(Zaragoza. Enviado por Ignacio Álvarez Vara)
Los camiones de recogida de trastos de la ciudad de Valencia se llaman ” de arreplegada”. Me ha gustado la palabra, que es seguramente un cultismo lingüístico de laboratorio. El pleito sobre si el valenciano es o no un dialecto del catalán es tan antiguo como el propio idioma. No quito ni pongo rey, pero los filólogos positivistas de la llamada Escuela Española de Filología apostaban por la teoría del dialecto. La cuestión ha desencadenado y sigue desencadenando desencuentros políticos de grueso nivel.

El camión iba tan cargado de muebles y cosas de tirar que parecía una de las fallas de primera categoría que arderán la noche del 19 de marzo. Entre los filólogos unionistas -los que priman el catalán por encima del balear y el valenciano- estaba, en Valencia, Sanchis Guarner, cuyo libro “La ciudad de Valencia”, ya cincuentenario, es el más clásico de todos los textos de su género. Un tomo ilustradísimo. Gran libro. El canon. Esta mañana me he paseado despacio por todos los puestos, creo que medio centenar, de la feria del libro de segunda mano o antiguo que todos los años, en marzo, se instala en la Gran Vía. El libro de Sanchis aparece una y otra vez. Como es un volumen generoso, fuera de catálogo, se deja ver. Hay ediciones en castellano y en… ¿valenciano o catalán? No sé.

Están cayendo como moscas los puestos de periódicos en el centro de Valencia. Fuera del centro no quiero ni pensarlo. Mañana bajaré al Cabanyal y la Malvarrosa. No a contar kioscos de periódicos sino a ver mar, arena, playa, brisa y luz. De paseo. Pero ya el año pasado descubrí con pena que la tienda de San Vicente Mártir, entre la plaza de la Reina y la calle de San Fernando, había sido convertida en un negocio de caramelos. Los dos hermanos regentes eran quiosqueros de los buenos. Este año ha caído la tienda de la calle Barcelonina, enfrente del antiguo hotel Londres y al lado del local donde se fundó en 1919 el Valencia Club de Fútbol -hay placa conmemorativa-, que surtía de prensa extranjera y mucha nacional. Y vendía petardos, cajas y cajas. He echado en falta otro de los kioscos buenos de verdad, en la plaza del Ayuntamiento, en el chaflán del carrer de la Sang. Sobrevive el puesto de Marqués de Sotelo, pero menguado de género. Etcétera.

Las roperias y las terrazas de la plaza del Mercat y carrer de Palafox han desaparecido de golpe. Y ahora se pueden contemplar las fachadas repintadas y tan graciosas de Palafox. La zona de la Lonja y Doctor Collado está sucísima, apesta a orines y me temo que ha pasado a mejor vida la ferretería aquella donde tanto tiempo pasé de miranda y admiranda. Todos los productos imaginables para eliminar las plagas agrícolas. Las bíblicas y las demás. Sin dañar las plantas. Milagroso.

El puesto de chacinas de Manglano del Mercat Central, a mano izquierda entrando por la puerta principal, tiene fama y, además, el reconocimiento como mejor tienda de su género en Valencia y parece que en toda España. El embutido en Valencia es pobre, pero Manglano tiene en los mostradores sobrasadas artesanas mallorquinas de hasta 40 euros el kilo. Aquí, y en Barcelona, se llama “mallorquina” a la sobrasada. Caliente, es un manjar. Y fría. El precio es índice de calidad en un mercado donde tanto se aquilata todo. La mojama de Barbate cuesta el doble que la del Mar Menor. Mojama de atún. No hay más que verlas colgadas de los ganchos de las tiendas de salazón, que aquí se llaman saladeríes.

La textura de la carne de las alas de las rayas parece un diseño japonés de sumo refinamiento. En los puestos de pescado del Mercat lucen como paisajes de un desierto oceánico. La elegancia de las rayas al navegar es proverbial. Como el silencio del mar donde se despliegan. Desplegar las alas. Y volar.

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