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Ureña firme reaparición

VALENCIA 7ª DE FALLAS. Crónica de Barquerito, III 16 2019 El torero de Lorca no acusa las secuelas de su percance de 2019. Linda entrega con un notable juampedro. Ponce no remata a espada una brillante faena a un gran toro.

Ponce brinda el primero de la tarde al reaparecido Paco Ureña


Valencia, 16 marzo. (COLPISA, Barquerito). Enviado por Ignacio Álvarez Vara. Enviado por Ignacio Álvarez Vara.
Mustio, gañán y astifino fue el toro que partió plaza. Se había salido algo suelto de una primera vara pegona y, enganchado en el peto, cobró de costado la segunda. Ponce había hecho un quite discretito a pies juntos. En su turno salió Paco Ureña a quitar de temeraria manera. El capote a la espalda, el cite de largo y casi en los medios. Y un murmullo de admiración por lo que tuvo de gesto el anuncio del quite, y el quite mismo, que, sin ser un dechado de perfecciones, tuvo por virtud mayor el ajuste en cada uno de los lances, cuatro, cosidos en cadena y por eso apurados. Muy emocionante.

Era la corrida de la reaparición del torero de Lorca tras el percance del pasado septiembre en Albacete que le costó la pérdida de visión de un ojo. Hace apenas un mes Ureña perdió el glóbul ocular. Ninguna de las dos cosas parece haber hecho mella. Solo que a la hora de cruzar con la espada se agrandan y hasta multiplican los riesgos. Al romperse filas, ya habían sacado a saludar a Ureña al tercio. No solo por reconocer su afán y su pelea, sino porque en Valencia goza de cartel de héroe de dos o tres épicas batallas. Ponce le brindó el toro del quite, al que renunció a replicar y no solo por cortesía, y por todo eso, con tantas ovaciones recogidas antes de soltarse el segundo toro de Juan Pedro, Ureña se sentiría arropado.

Arropado, confiado y, además, preparado para volver, pues lo realmente destacado de esta corrida de regreso seis meses después de la cornada de Albacete fue su firmeza, tan notable en el quite como en cuantas cosas vino a protagonizar después. Tres faenas de cierta reiteración, algo largas, pero planteadas a la brava: determinación, ni un paso atrás, ninguna ventaja. Los tres toros del retorno fueron de condición distinta dentro del orden regular de la ganadería de Juan Pedro Domecq. Convaleciente todavía de su lesión de vértebras, Manzanares se cayó del cartel, no fue sustitituido y la cosa quedó en un dos a pachas más que en un mano a mano. Por eso los tres toros de lote.

Un segundo anovillado que, trompicado y rebrincado, protestó y cabeceó; un cuarto que, lidiado, picado y banderilleado con descuido, rompió en la muleta a embestir por abajo; y un sexto cargado de peso que se cansó en seguida y, sin llegar a pararse, se vino abajo. La brillante apertura de faena con el segundo de la tarde, por estatuarios, cuatro, sin rectificar y abrochados con el del desdén y un cambiado en rosca no tuvo continuidad, pero con el toro en mínimos Ureña hizo su primer ensayo de toreo frontal, Primero de tres ensayos, porque con cuarto y sexto volvió a rematar faena de esa manera, que es seña de identidad y marca del carácter del torero lorquino.

El toreo frontal y muy encima es índice de temeridad y a eso no parece Ureña dispuesto a renunciar. Y, sin embargo, los mejores muletazos que firmó esta vez fueron los enroscados -algunos, mirando al tendido, y a pies juntos de paso-, en especial los cobrados con el cuarto de la tarde, uno de los dos toros notables de la corrida, de cuya sangre se dejó teñir la seda rosa de chaquetilla, pechera y taleguilla. Se sintió Paco más protegido al torear con la diestra a muleta armada y desplegada que al hacerlo con la izquierda, con mayor ajuste por cierto, solo que ligando a muleta puesta y algo forzada la figura. Con la espada no anduvo fino ni con el toro de la reaparición ni con el que cerró, pero al cuarto le pegó, tras un pinchazo sin soltar, una excelente estocada.

El toro de la tarde fue con diferencia el quinto, el tercero del lote de Ponce, que habia brindado al público un tercero de entrega y fuelle menguantes -y una faena rutinaria, sin curvas de nivel y, sin embargo, muy celebrada- y repitó brindis -diana floreada mediante- con el quinto, que no fue el único que galopó de salida, pero sí el que lo hizo de mejor manera. El toro apretó en el caballo y pasó un bachecito después de picado, pero en banderillas volvió a galopar, y a perseguir de bravo.

O sea, que estaba clarísimo y Ponce no se hizo ni de rogar ni esperar. Una primera tanda genuflexa de cata, el toro por abajo obligado, pero embistiendo con todo -codicia cara, alegre repetir- y ya estaba servido y encendido el público. Con los dos toros matados por delante Ponce había recorrido mucha plaza -como si fuera razón de estrategia en Valencia-, pero con este excelente quinto, que se llamaba Octavillo, muchísima menos.

Menos difusa o dividida de lo habitual, la faena tuvo la huella propia: los molinetes de apertura del toreo en redondo, los remates cambiados de tanda tan aparatosos y tan para fuera, la sorpresa del toreo despacioso en los segundos y terceros de tanda, falta de ligazón en el toreo con la zurda y, antes de cambiar la espada, una serie de muletazos en cuclillas cambiados en dos o tres tiempos que son de propia invención. El castigo por abajo y hasta el acoso fueron castigo para el toro, que tanto se habia roto en la primera vara, y a la hora de la igualada el toro se mantuvo a la espera y no hizo por Ponce. Cuatro pinchazos sin cruzar, una estocada.

La gente había festejado la cosa. No tanto como las invenciones de Roca Rey en la víspera, por cierto. El primero de los cinco toros que al final ha acabado apalabrando Ponce en Fallas no le dio la menor alegría. Se levantó viento y, aunque los papeles de brújula estaban en tablas de sombra, Ponce se empeñó en buscar otros terrenos. Habria dado lo mismo porque el toro, muy regañado, no se prestó al baile.

FICHA DEL FESTEJO
Valencia. 8ª de abono. Primaveral. Lleno. 10.400 almas. Dos horas y media de función.
Seis toros de Juan Pedro Domecq.
Corrida de dos espadas. Manzanares, convaleciente de una lesión de vértebras, se cayó del cartel y no fue sustituido.
Enrique Ponce, siencio, una oreja y saludos.
Paco Ureña, silencio tras un aviso, una oreja y saludos.

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