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El caballo de Calígula

VIÑETA 302.
Jorge Arturo Díaz Reyes. Cali, mayo 7 de 2019.

Museo Arqueológico Nacional, Campa,
www.nationalgeographic.com.es

Era español, dicen. Bueno, nacido en la entonces Hispania (península ibérica). Veloz, campeón de las carreras y seguramente bello como los actuales de rejoneo criados en esa tierra.

Tantos atractivos tendría que desbordó la pasión animalista del emperador. Le asignó una mansión ajardinada, le construyó cuadras de mármol, comederos de marfil, le puso dieciocho sirvientes, y le cubrió de joyas, perfumes y prendas púrpuras, color privativo de la familia imperial. Es la leyenda.

Y lo más importante, jurídicamente hablando, le reconoció derechos. Derechos, sí. El de propiedad, el de pareja, con Penélope, bella mujer de la alta sociedad Romana. Y el básico de todo sujeto social ante la ley, elegir y ser elegido. Por el cual, instó a senadores copartidarios para votar su nombramiento como cónsul. Obedecieron e hicieron mayoría.

En atención a tal jurisprudencia, “Incitato”, equino prócer del derecho animal, sin duda, podría hoy también ser electo. No cónsul, pero sí tal vez presidente del PACMA o de algún otro de los partidos que la proclaman. Por ejemplo, los que acaban de aprobar el viernes pasado la eliminación del Zoo de Barcelona; BComú, PDeCAT, ERC…

Hay que liberar los animales, alegan. Son como nosotros. Nada de discriminaciones. Y me recuerdan a Jerry, antitaurino furibundo de mi ciudad, quien una vez, tras mucho lanzarse inútilmente al ruedo para sabotear corridas, optó por soltar el enorme tigre del circo que nos visitaba en la feria, y a punto estuvo de hacerle devorar a tres niñitos. Afortunadamente fue sorprendido in fraganti por los empleados.

Pero volviendo a las teorías jurídicas animalistas de Calígula, que hoy tienen tantos adeptos, valga repetirles que nosotros los odiados taurinos, queremos, cuidamos y respetamos los animales, tanto y más que ellos. Pero sabiéndonos diferentes.

No iguales, como su precursor y su par derechohabiente. A fe, honramos ritualmente, cara a cara con el toro, la inexorable lucha por la vida y expiamos así, por todos, la constante y vergonzosa profanación de la naturaleza, la masacre y extinción de las especies.

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