Browse By

El Astoria

BITACORA
(Barquerito)

(Zaragoza. Enviado por Ignacio Álvarez Vara)
El Astoria fue el gran hotel de lujo de Valencia. Un lujo no del todo logrado. Juraría que el edificio es de los años cincuenta. Un año me hospedé allí en la semana de Fallas. Mucha moqueta, muchos dorados, mucha gente de uniforme, mucha escalinata, un cargante comedor de manteles que llegaban hasta la alfombra, y tantos platos, cristalería y cubiertos que no sabías por donde empezar. Tenía fama la paella de mariscos del día de San José. El salón de cafetería, demasiado estrecho para tanto hotel, estaba en días de toros llenos de taurinos, de los profesionales y de los que se pegan a las barras para pegar hebra y oreja. Muchos espejos, mucha cretona, arañas de cristal francés. Y el humo de los habanos de entonces, Muchisimos botones. No de abrochar, sino de hacer mandados y recados. Y de traer en bandeja sobrecitos. Como en las películas.

En el salón tuve la fortuna de oír predicar varias veces a don Álvaro Domecq, una de las personas a quien con más gusto se escuchaba hablar de toros. Las habitaciones, en fin, estaban llenas de armarios empotrados de maderas finas. Treinta y pico años después me pregunto todavía que para qué. El gusto por el lujo excesivo y aparente es muy propio de una ciudad como Valencia, tan próspera y, como todas las ciudades de castas mestizas, tan amiga de las apariencias.

En el centro mismo de la Valencia central se alzaba y alza el Astoria, solo que ahora abandonado y vacío, sujeto a remodelación flagrante, y, qué quieres, te da pena. La pena inconsolable del tiempo pasado y tal vez perdido. La plaza de Rodrigo Botet, donde se levanta la silueta de las siete plantas del Astoria con su chaflán curvado, es uno de tantos rincones bellos de la ciudad. Belleza no escondida, porque el Astoria era lugar obligado de paso. Los plátanos de paseo de la plaza están todavía sin brotar. Es árbol tardío. Los surtidores de la fuente modernista manan como versos de Becquer. El acento romántico en una ciudad donde se pasa del barroco al modernismo, o de la arquitectura templaria a la ingeniería descabellada de Calatrava en apenas un salto. Imposible adivinar el futuro del Astoria. Los hoteles de la Valencia central se han multiplicado como setas. Cerrado el hotel, la placita de Botet ha perdido parte de su encanto. A la hora de la mascletá diaria, la gente joven hace botellón. Dejan los botes en los pretiles de la fuente. O los tiran al estanque.

De la ingeniería de las chufas, en otro momento.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *